Culpar a la “derecha” es más fácil que mirar dentro / Ruelas
Aguascalientes, noviembre 11 (2025).- La palabra “Derecha” proviene del latín “directus”, participio de “dirigir” (“enderezar”, “guiar rectamente”). En su sentido primario, significa “recto”, “alineado”, “correcto” (Corominas, 1980). Su evolución semántica: Espacial: Referencia al lado opuesto de la izquierda en la orientación corporal. Moral: Asociada a lo “justo” o “correcto”. Política: Surge en la Revolución Francesa en 1789, cuando los partidarios del Antiguo Régimen se sentaban a la derecha del presidente de la Asamblea Nacional, mientras los revolucionarios ocupaban la izquierda (Muret, 1989). La razón histórica de llamar “derecha” al conservadurismo se convirtió en símbolo ideológico: defensa del orden tradicional, monarquía, religión, propiedad. Izquierda como cambio, igualdad, secularización. Este esquema se consolidó en el siglo XIX y se universalizó como metáfora espacial para clasificar ideologías (Bobbio, 1995). Desde el materialismo dialéctico de Marx y Engels se entiende la historia como lucha de clases y contradicciones entre fuerzas productivas y relaciones de producción.
La “derecha” representa la superestructura ideológica que busca conservar las relaciones de producción existentes, propiedad privada, jerarquías sociales. Su función es neutralizar la contradicción entre capital y trabajo, defendiendo la estabilidad frente a la transformación revolucionaria. Dialécticamente, la derecha no es estática: se adapta para mantener hegemonía, incorporando discursos modernos sin alterar la estructura económica (Gramsci, 1971).
“Derecha” pasó de ser palabra a referencia ideológica que simboliza la defensa del orden establecido. Desde el materialismo dialéctico, esta posición no es arbitraria, sino expresión de intereses de clase que buscan perpetuar la estructura económica dominante. La palabra ha ido de la precisión semántica al desgaste discursivo, originalmente, “derecha” tenía un significado claro: posición ideológica conservadora, vinculada a la defensa del orden social, la propiedad privada y la tradición (Bobbio, 1995). Sin embargo, en México en los últimos años el término se ha visto erosionado por el uso indiscriminado en el debate político, perdiendo rigor conceptual. Los actores políticos le han inyectado ruido y banalización. Con analfabetismo funcional muchos dirigentes emplean “derecha” como etiqueta descalificadora, sin referencia a programas ni principios. Se convierte en un significante vacío, usado para polarizar más que para explicar. El efecto mediático en redes sociales y discursos populistas, “derecha” se reduce a sinónimo de “enemigo”,” adversario”, borra matices entre conservadurismo democrático, liberalismo económico y autoritarismo, lo que impide el debate real y fomenta una cultura política superficial con categorías históricas transformadas en armas retóricas.
Este desgaste no es casual, la contradicción entre estructura económica globalizada y superestructuras políticas locales genera una lucha simbólica donde los términos pierden contenido. “Derecha” deja de expresar una posición coherente frente a la izquierda y se convierte en un instrumento de hegemonía discursiva, adaptado a la lógica del espectáculo político (Gramsci, 1971). ¿Qué implica esta degradación? Para la teoría política dificulta la clasificación ideológica y el análisis crítico. Para la ciudadanía refuerza la polarización emocional, debilita la deliberación racional. La izquierda y la derecha reales pierden identidad programática, atrapadas en narrativas simplistas.
La palabra “derecha”, que nació como categoría espacial y se consolidó como concepto ideológico, hoy se le ha vaciado de contenido por el uso irresponsable y falta de cultura política. Recuperar su sentido exige educación cívica y rigor conceptual, frente a la lógica mediática que privilegia el ruido sobre la reflexión. Nietzsche (1873) advierte que los conceptos, originalmente metáforas vivas, se desgastan con el uso y se convierten en “monedas que han perdido su valor”, les queda solo el metal. Esta metáfora describe cómo el lenguaje pierde su fuerza creadora y se transforma en un sistema de signos vacíos, parte de su reflexión sobre el lenguaje, la verdad y la construcción cultural de significados.
En la era digital, esta crítica es más actual que nunca: Palabras como “trending topics”, términos como “derecha”, “izquierda”, “libertad”, “democracia”, “justicia” … circulan en redes sociales como etiquetas virales, despojadas de su densidad histórica y filosófica. Se convierten en “monedas sin valor” que se intercambian por “likes y retuits”. Palabras que se consumen y se desechan con la misma rapidez que los contenidos. Esto refuerza la pérdida de sentido profundo y la sustitución por impacto emocional.
Los discursos de la “geometría política” se han convertido en un producto de mercado, sometido a encuesta de visibilidad con imagen estudiada, en posverdad de sus posicionamientos. ¿Cómo entienden izquierda y derecha la realidad de la comunicación a 360 grados, tsunami de información, sofisticadas tecnologías, inteligencia artificial? La izquierda, como riesgos para la igualdad y la cohesión social, concentrar poder en grandes plataformas y manipulación algorítmica, explotación laboral. La derecha, como motores de competitividad y libertad de mercado, creación de empleos, eficiencia, innovación, reducción de costes, impulso cultural y educativo. Estado e izquierda nunca han generado riqueza, menos cuando todo está interconectado, redes sociales, medios, “influencers”, emociones, Inteligencia Artificial generativa. Esto diluye fronteras entre información, opinión y publicidad. Consolida ruido, desinformación y fatiga cognitiva, analfabetismo digital.